miércoles, 17 de agosto de 2016

VIGENCIA DE TORNEO PEDAGOGICO DE 1912

Las Facultades de Educación amparan a decenas de siúticos. Se atrincheran en las cátedras de pedagogía. Allí -sin contrapeso- ejercen influjo. Se escucha en esas aulas sólo aludir a teóricos europeos y norteamericanos. Si hasta los 60 el fetiche es John Dewey ahora los chamanes son David Ausubel, David Gagné, Jerome Bruner, Jean Piaget o Lev Vigortski. Los alumnos -en sus tesis- de modo obligado los citan. Eso de "citar" es frecuente en ese medio académico aunque ninguno de los "catedráticos" ni menos los discípulos analizan las obras de tales "eminencias". En el mismo contexto de frenético eurocentrismo desfilan supuestos expertos foráneos recomendando terapias que permitirían superar las patologías de nuestra estructura escolar. 



En tal contexto de eurosiutiquería se registran referencias -obvio, sin haberlos leído- a Platón, Rousseau, Pestalozzi o Montessori. No importa que sean "más antiguos que el hilo negro", pero se salvan porque son europeos. En cambio, proponer el estudio de la polémica criolla de 1912 entre Enrique Molina, Luis Galdames y Francisco A. Encina  en torno al tipo de escuela necesaria para el país es añeja extravagancia. No sólo porque es un torneo antiguo y, por ende, "desfasado", sino también porque es chileno. Lo nacional para los snobs es inferior, ordinario y plebeyo. Por eso las tesis de esos paisanos son ignorados en los Pedagógicos. Son desconocidos para quienes enseñan. Estos entregan sólo contenidos castrados de chilenidad.

Molina defenderá el modelo que hasta hoy sobrevive. Las "humanidades" enciclopédicas cuyo eje está en liceos y colegios. Son esos por los cuales pasa la adolescencia. Podrá variar su composición social y tornarse laxa la disciplina pero siempre es   la  misma. Galdames intentará un sistema que mixtura lo "intelectualista" y lo "tecnológico". Sin embargo, lo novedoso  e innovador es Encina. Quizás ignorándolo se suma a Simón Rodríguez -siglo XIX- y , entre otros, a Manuel Vicente Villarán y Franz Tamayo -siglo XX- exigiendo una educación que acentue lo criollo y al mismo tiempo prepare para el trabajo productor. Por cierto, son ilustres desconocidos en las aulas que preparan al magisterio. Es impostergable el rescate de esa vertiente nacional-desarrollista si se anhela una genuina reforma escolar.